El cristiano que quiere conocer su doctrina recurre a cuatro obras reunidas en un solo volumen que abarca los cuatro evangelios (según Mateo, Marcos, Lucas y Juan). El cuarto evangelio, el de Juan, está escrito en un tono, con un estilo y una intención que lo diferencia de los otros tres. De este mismo autor es el último de los veintisiete textos de que consta el Nuevo Testamento: El Apocalipsis. Juan es el último y más preciso de los cuatro evangelistas. También se trazó horizontes más amplios que sus predecesores. En su Apocalipsis trasciende del drama que supone la aterradora visión de las postrimerías del mundo para ofrecer lo que más necesitaba el cristiano de entonces: la esperanza. Todo ello escrito desde los elementos de información de que Juan dispuso, sus experiencias personales (incluyendo la persecución, por el poder político, generalizada a los cristianos de la época) y sin pretensiones de originalidad creadora, sino con el objetivo de transmitir fielmente un mensaje. El cuarto evangelio no es de San Juan, es según San Juan. Relea el lector el recurso alegórico, contenido en los dos párrafos anteriores y - salvando las naturales y abismales distancias - permute cristiano por ciudadano; doctrina por Internet; cuarto evangelio por La red; y Apocalipsis por el título de su capítulo 5: Hacia la creación de una conciencia universal. El autor del libro que nos ocupa, JLC, no es un santo (aunque no descarto que lo sea para sus propios creyentes), pero si es el último (el más reciente) evangelista digital. También es el más preciso, se traza horizontes más amplios que sus predecesores, nos describe su apocalipsis y, finalmente, nos ofrece la esperanza. JLC no ejerce de profeta sino de predicador. Mientras que la profecía implica especular con el futuro, la predicación supone insistir en los comportamientos del presente. Un presente donde los bits, el ancho de banda por donde deambulan y el ciberespacio donde moran, forman parte de una nueva cultura que no es siempre comprendida. Una incomprensión que, curiosamente, todavía persiste en bastantes hombres y mujeres de letras que se convierten en críticos que crean antiobjetos (es decir, formas devaluadas del objeto, para facilitar su crítica) procediendo a un tipo de crítica principista y genérica, desde el desconocimiento de las herramientas, software y hardware, que se inventan y rediseñan sin cesar. Escritores brillantes (estoy pensando en alguno español al que, a pesar de todo, leo con deleitamiento) que intrépidamente se refieren de forma peyorativa a las novelas de ordenador, mientras siguen aferrados a un artilugio tan ruidoso, tosco, falto de romanticismo y poco funcional, como es una vieja máquina de escribir mecánica. Ignorancia supina respecto al incontrovertible hecho de que el ordenador implica un sistema simbólico (y por tanto literario) desde el principio: Los impulsos eléctricos son tratados como significantes con significados diferentes (ceros y unos) que componen simples operaciones matemáticas que, a su vez, representan palabras o imágenes, hojas de cálculo o mensajes de correo electrónico. El ordenador utiliza un lenguaje. Y puede que, para muchos, la denominación lenguaje de ordenador sea tan contradictoria como la de inteligencia militar o político altruista. Pero es así. El ordenador, a través de su lenguaje, se autorrepresenta. Es una máquina que, por primera vez, no se concibe como una prótesis, como un complemento al cuerpo humano, sino como un espacio a ser explorado, a ser habitado. La revolución industrial nos trajo extremidades protésicas, pero la sociedad digital nos ofrece la primera máquina en la que vale la pena vivir, potenciada hoy por su papel protagonista en la red. Es importante que, desde el mundo de la cultura y las letras, una personalidad relevante, como JLC, en su condición de ensayista y académico, fracture el viejo mito de la separación entre cultura y tecnología. Espero que haga lo posible por convencer a sus colegas de la Real Academia Española de la necesidad de que, tan prestigiosa institución, se ocupe y preocupe de algunas de las cuestiones apuntadas en La red. Al fin y al cabo, la comunicación, con todas sus posibilidades actuales, es el principal objetivo de la lengua. JLC ha leído bastante más de lo que sugiere la que, él mismo, denomina modestamente menos que una bibliografía, y ha leído más profundamente de lo que sugieren las menguadas citas bibliográficas que no siempre son relevantes. Ha renunciado a manejar el rudimentario sistema hipertextual que supone la cita, privando al lector de la oportunidad de asomarse a nuevas ventanas de conocimiento, probablemente preocupado por evitar lo farragoso de las citas y las interrupciones en la linealidad del texto que puedan distraer la atención del lector. Confieso que soy partidario de "distraerme" (una inevitable deformación académica) en el escrutinio de las fuentes en que beben los autores, por lo que echo de menos, en La red, una más amplia y explícita referencia bibliográfica. Pienso que si privamos al libro de su condición de libro ventana, lo convertimos en un libro embudo que constriñe la lectura a sus propios y exclusivos términos. Hacemos así, al libro, un flaco favor: Un libro más vulnerable a las nuevas posibilidades hipertextuales que hoy brinda la red. JLC expresa su preocupación por la congestión de la red, sin tener en cuenta que, en muy poco tiempo, sus prestaciones actuales nos parecerán tan insuficientes como hoy nos parecen las de los ordenadores de hace algunos años comparados con los actuales. No practico ningún tipo de beatería tecnológica y, por tanto, no creo a pies juntillas en el evangelio digital, pero hemos de admitir que ya es una realidad la Internet2. Un proyecto puesto en marcha por un conjunto de universidades e importantes empresas para diseñar la próxima generación de Internet que supondrá, entre otras mejoras, una velocidad de la red hasta mil veces mayor que la actual. Se podrá enviar el contenido completo de la Enciclopedia Británica (por lo visto, la nueva unidad de cuenta del ciberespacio) en menos de un segundo. Dejará de preocuparnos la congestión. Una amplia información de los cambios previstos en Internet2 está disponible en http://www.internet2.edu. JLC hace un lúcido
análisis del nuevo papel de la política y el dinero en la
red, por lo que al lector que se pregunte como va a verse afectada su vida
y quiera mitigar el atosigamiento que supone la carencia de respuestas,
le recomiendo siga el precepto bíblico citado al comienzo de esta
nota: Y el que tenga sed, venga. Venga el lector a las páginas
de La red. Le garantizo un refrescante contenido. ( Publicado en el suplemento de EL PAIS, Babelia ) |