Juan Velarde
236 Páginas. 2.400 Pesetas
A Juan Velarde le sorprendió que,
perteneciendo a caballería, y siendo la norma que todas las virtudes
correspondían a alguien del Arma, le fuera puesto un alférez de infantería como
ejemplo de espíritu militar. Salió de su sorpresa cuando conoció a Manuel
Fraga, el alférez ejemplar. El mismo que, en su adolescencia, movido por su
afán de servicio a los demás, y haciendo unos ejercicios espirituales,
consideró seriamente la posibilidad de tomar el hábito; vaciló en hacerse oficial de la Armada; o que, preocupado
por la reconstrucción de las maltrechas infraestructuras españolas de la postguerra,
hubiera sido ingeniero de caminos, de habérsele dado un poco mejor el dibujo.
Acabaría estudiando Derecho. Cumplía dieciocho años cuando aparecía publicado
el primer tomo, de los tres por él traducidos del latín, de la obra De
iustitia et iure del jesuita Luis de Molina. El primer artículo que escribe
es contra el racismo. Más tarde, en 1950, profundizaría en el tema,
recordándonos como la plaga racista ha sido más extensa de lo que normalmente
tenemos en cuenta y como Hitler copió sus leyes esterilizadoras, casi
literalmente, de las Constituciones de varios estados norteamericanos. El Fraga
que, como algunos vinos, mejora con el paso del tiempo, cuando lo habitual es
empeorar a medida que nos alejamos del bachillerato. El Fraga de sentido del
humor acentuado que, cuando se le plantea la pregunta de que hubiera sucedido
si sus padres se hubieran quedado a vivir en Cuba, contesta: a lo mejor Castro
hubiera sido yo.
No
es fácil escribir un libro sobre Manuel Fraga sin que el autor quede eclipsado
por la obra del biografiado. Sucede así con varios libros en los que la
personalidad, la trayectoria y la
dimensión -ya histórica- de Fraga predomina: Fraga como único tema. Juan
Velarde nos ofrece un peculiar retrato que tiene como fondo una atractiva y original
descripción de la España de Fraga y sus antecedentes, plasmados estos en el brillante
prolegómeno contenido en el capítulo I: Un complicado marco de actuación.
Junto a Fraga se asoma continuamente la sagaz erudición de Juan Velarde que, de
forma amena y absorbente, nos da cuenta de hechos como la predicción de
Samuelson (el premio Nobel de Economía) sobre el momento en que Producto
Nacional soviético sobrepasaría al americano, la renuncia de Bravo Murillo a
formar parte de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, al no
atreverse Isabel II a nombrarlo presidente del Consejo de Ministros en 1858, o
la opinión que a Pío IX le merecía la reina: e leggera, ma pietosa.
El
Fraga intelectual poco tiene que ver con los componentes del partido intelectual,
cuya condición se sustantivó en las postrimerías del siglo XIX (como ha
señalado Santos Juliá) y que se atribuyen en
exclusiva la condición de intelectuales, como si no hubiera otros.
Flores de Lemus los calificaría como un conjunto de pintorescos botarates y de
ignaros demagogos. Quienes se agrupan en la versión
contemporánea de ese partido intelectual, nos recuerda Velarde, más de
una vez declararon una guerra inmisericorde
al propio Fraga que se aproxima al tipo de intelectual “que se forma en torno a
estudios interfacultativos y pluridimensionales que tienen su eje en el Derecho
y que pueden ilustrar, con su radicalidad cultural, sobre la estructura moral y
social de los pueblos”.
Juan Velarde alinea a Fraga con
Jovellanos, Bravo Murillo y Cánovas del Castillo. Los cuatro aceptaron como un
coste obligado la incomprensión de su tarea (centrar la vida pública española),
siendo otros los que triunfan con proyectos moderados o de centro que, cuando
son sinceros, reconocen que esa gran tarea que ha construido a la España
contemporánea se ha hecho posible gracias a estas cuatro cumbres del pensamiento
y la acción. Llama la atención que, dado el exhaustivo repaso que el autor hace
de la labor ministerial de Fraga y mencionando reiteradamente algunos de sus colaboradores,
no lo haga con Pío Cabanillas, su subsecretario, amigo y contrapunto, de quién
por cierto, en su magnífico libro Atando cabos, Raúl Morodo
recuerda algo que me parece certero: que tan solo fue extremista de la moderación.
Es en el verano de 1945, en el
campamento de El Robledo de la Milicia Universitaria, cuando Juan Velarde
conoce a Manuel Fraga, a quien admira y reconoce como jefe político, y sobre
quien escribe su interesante libro “como un homenaje más que merecido a unos de
los grandes hombres de Estado que ha tenido España”. Retrato subjetivo de un
autor que empieza por informarnos acerca de su admiración por el modelo. Sigue
la máxima de José Bergamín: sería objetivo si fuera objeto, pero soy sujeto.
Yo he disfrutado, y aprendido mucho, con el retrato que nos ofrece Juan
Velarde. También soy sujeto.
José B. Terceiro